Cuervo golpes

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Abrimos la puerta del local con un tintineo delator y el viejo estaba esperando acodado en una mesa alta, observando los papeles que le dijimos que preparara. Y esperé apoyado en el lavabo a que me bajara el hermana porno peru lima. Cuando alguien llega al extremo de querer matar a otro alguien, cuervo golpes, no quiere que pase de la vida a la muerte en un pestañeo. Medicina milenaria hace escala en Puerto Rico. Nos llevamos muy bien. Una en cada maletín. MIERDA CALIENTE FOTOS DE MORENAS PUTAS

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Fue un cambio muy brusco. En esa etapa de mi vida me aferré como nunca al deporte, porque podía haber caído en cualquiera. Jugué en las inferiores de San Lorenzo, que es el equipo del que siempre fui hincha. Pero con una madre sola, que apenas tenía para la comida, no podía cumplir con todos los entrenamientos. Porque nunca me gustó obedecer a quien no respeto. Así que me metí en el gimnasio para aprender boxeo con la idea de autodefensa para la calle.

Esa fue mi idea original. Me gustaba el deporte pero también la joda. Entonces un día El Hacha fue bien clarito conmigo: Llegada a la Federación de Almagro Recuerda sus primeras peleas amateurs con lujo de detalles.

La mayoría fueron en la sede de la Federación Argentina de Boxeo, en la calle Castro Barros, del barrio porteño de Boedo.

Alejandro reconoció que gracias al boxeo aprendió a disfrutar de la lectura. Y cuando me metí en serio en el mundo del boxeo empecé a tomar conciencia de lo importante que son los pensamientos.

Para él, el boxeo es su escuela, es su familia y es un estilo de vida que aprendió bien desde abajo. A mí no me la contaron. Yo sé lo que es la calle. En fue convocado para integrar la selección nacional de boxeo. Aprendí mucho con mi mujer.

Nos llevamos muy bien. Porque ahí empecé a vivir en el Cenard, rodeado de deportistas y entrenadores. Porque antes de eso, yo entrenaba en el gimnasio pero mi vida seguía en el barrio, lo que no significa que sea malo, pero para un deportista eso no ayuda. Tuve que aprender a alimentarme.

A evitar el alcohol. Dejar las salidas nocturnas. El Territorio no tiene responsabilidad alguna sobre comentarios de terceros, los mismos son de exclusiva responsabilidad del que los emite. Edición Impresa Clasificados Alaita. Club El Territorio Buscar en el sitio. El posadeño que se abre camino a los golpes. Silva se ilusiona con poder dar charlas y clínicas de boxeo en Posadas.

El Cuervo se ilusiona con seguir creciendo en la categoría de los superwelter. Con gusto te presentaría al tipo que vive allí. Podrías hacer con él lo que sea que hagas, en vez de con ella.

El cuervo le miró un momento, luego al hombre de la pareja que había bajado a la calle y estaba siendo recogido por un coche. Las ramas se agitaron, hubo revuelo y hojas caídas, hasta que de la copa escarchada por la mañana surgió un bufido, un aleteo y finalmente el cuervo volando hacia el cielo. El gato en la rama se miró una zarpa picoteada y luego un par de plumas negras caídas en el forcejeo.

Yo trabajaba con Mario desde hacía unos cuatro o cinco proyectos. Me gustaba el tipo, al resto de compañeros no mucho, se sentían incómodos porque apenas decía nada. Yo, a base de que me resulte tan escaso, valoro el silencio como el oro.

Pero eso no es importante, lo es que miré la agenda aquella mañana de nubes cenizas que rugían tormenta, comprobé dos veces el lugar en el que teníamos la reunión y me guardé el cuaderno asintiendo a Mario. Habíamos llegado y él silenció el motor del coche para tener un momento de calma y prepararnos. Era algo importante y de que saliera dependía coronarnos. Ensayaba en mi cabeza cada palabra de lo que tenía que decir, lo llevaba haciendo varios días de hecho.

Ensayo el discurso de la reunión cariño, ya salgo, le dije. Y esperé apoyado en el lavabo a que me bajara el sofocón.

Luego ella me pidió que se lo recitara a ver qué tal. Cogimos cada uno nuestro maletín, me miré el móvil y vi un mensaje de Leonor, estaba ya aburrida en su trabajo y me echaba de menos. Mario esperó pacientemente a que contestara, luego me junté las solapas contra el frío, dí dos palmadas para espantar los nervios, dije adelante y salimos a cruzar la calle y las finas gotas de lluvia que flotaban en el aire.

Mario me miró, entre el cuello levantado de su abrigo y su barba vi que sonreía levemente. Abrimos la puerta del local con un tintineo delator y el viejo estaba esperando acodado en una mesa alta, observando los papeles que le dijimos que preparara. Puede que no me saliera de manera natural eso del lenguaje corporal, pero podía imitar a los mejores al milímetro. Y funcionó, él elevó la vista de sus documentos y nos observó por encima de las gafas.

Crucé mirada con Mario y supe que él pensaba lo mismo. Excelente primera impresión, todo va a ir bien. Estaba a punto de salir de casa cuando le pareció que alguien tocaba a la puerta. Extrañada se dirigió hacia allí y por un momento se quedó parada a centímetros del pomo como si algo le impidiera tocarlo. Sacudió la cabeza y con un esfuerzo de voluntad abrió de repente para comprobar quién estaba al otro lado, pero no había nadie en el umbral.

Se dirigió hacia ella, apartó la cortina, limpió con una mano el cristal empañado y no vio nada excepto una neblina. Cuando giró sobre sus talones los golpecitos en el cristal se repitieron. El ave se quedó majestuosa atenazando la cabeza de la estatua que le servía de apoyo.

Ella se cruzó de brazos y se apoyó contra el borde de la mesa que había ante el busto. El plumaje negro del cuervo era tan brillante que cuando abría sus alas o se movía, incluso la luz gris de la mañana le arrancaba reflejos azulados. Leonor se giró y en ella se encontraba el gato negro que rondaba el barrio y al que daba de comer de vez en cuando.

Leonor llamaba al gato pero este le ignoraba, bufando y enseñando los dientes. No se atrevió a cogerlo por miedo a que le clavara las garras tan tenso como estaba. Leonor se quedó de rodillas y en cuanto cayó en la cuenta corrió a cerrar el cristal.

Se tocó el pecho que estaba desbocado y luego el rostro donde sus dedos quedaron un poco manchados de sangre. Cuando trabajas para esa familia no eres un sicario de tiro en la nuca y carrera cuanto antes. No hay mérito en eso y, sobre todo, no hay arte. Y yo soy un buen artista, ensayo con celo y practico, eso era lo que pensaba con el arma apuntando hacia el viejo Mario a mi lado imitando mi pose. No sólo eres el puño que da el golpe, eres también quien les hace arrepentirse de lo que hayan hecho a quien nos contrata.

Cuando alguien llega al extremo de querer matar a otro alguien, no quiere que pase de la vida a la muerte en un pestañeo. Su deseo es que el bastardo se ponga de rodillas, recuerde a cada uno de los que quiere y tenga un nudo en la garganta y las tripas al darse cuenta de que ya no los va a ver. Para los que quieren matar por negocio hay muchas otras opciones, chapuceros baratos que clavan el cuchillo por un puñado de monedas.

Para los que quieren matar por dolor nosotros somos la respuesta. Hay hasta unos pasos detallados, te los explican con uno de esos diagramas de flujo cuando empiezan a adiestrarte dentro de la familia. Me preguntaron el primer día que empecé. Todo debe comenzar con la muerte de la ilusión. Procuramos conocer el anhelo del objetivo y montar un teatro alrededor. En este caso el viejo quería vender su negocio para que su familia tuviera una buena vida o algo así.

La muerte no duele, alivia. Una en cada maletín. Momentos imborrables para que el pagador los atesore al lado del nacimiento de sus hijos o el día de su boda.

Hay que explicar, calmado y sin rabia, el porqué. Leer la sentencia, hacer que llore, que se arrepienta de haber nacido, dar tiempo para que se dé cuenta de lo que viene después y su mente corra libre y miedosa.

Lo peor no es el disparo, es la anticipación y lo que te cuenta aterrada tu cabeza antes de dejar este mundo. Es en ese momento cuando las voces dentro de mi cabeza aullan, me inspiran, huelen la sangre y se excitan como preludio al momento cumbre. En serio, no me gusta porque no hay belleza en apretar un gatillo, es algo que un mono entrenado podría hacer. La calma tras la tormenta.

Es como estar con Leonor. Yo no lo hacía por la muerte, lo hacía por el silencio, pero la cuestión es que íbamos por el paso tres. El viejo no entendía, preguntaba qué pasaba, había levantado las manos como un bobo. Me acerqué un dedo a los labios para que callara y lo hizo como un cordero. Cerré los ojos repasando mi papel y le pedí con educación que se pusiera de rodillas y pensara en cada palabra que le iba a decir. Leonor vio la puerta entreabierta, tocó en el cristal con los nudillos y cruzó el umbral con una amplia sonrisa, seguramente imaginando mi cara cuando yo terminara mi reunión y la encontrara allí esperando.

Se quedó hecha una estatua de sal la pobre, cuando nos vio apuntando a la cabeza de aquel viejo de rodillas. Fue por el reflejo de años de entrenamiento que del abrigo de Mario surgiera otra arma con la que amenazó a Leonor sin apenas mirarla. Ella obedeció como un cachorro y me balbuceó que qué ocurría, que qué era todo aquello. Tenía sus ojos abiertos como soles pero yo sólo pude cerrar los míos y bajar un poco la cabeza sin querer. Pero Mario estaba callado como siempre, ni un pequeño gesto en su rostro que yo pudiera escudriñar.

Dejé de encañonar al viejo para apuntarle a él. No se inmutó ante eso y yo repetí mi petición lentamente. El rugido que dí entonces ahogó hasta el estampido de mi disparo. Cayó lentamente como un pelele y antes de que llegara al suelo ya estaba yo cerca de Leonor diciendo sin parar que no, por favor, que no, que por Dios hubiera fallado. Ya sabes las reglas me dijo Mario y él las cumplió a rajatabla como siempre, si alguien tiene que morir y no puede ser con el ritual previo, entonces el disparo no puede ser limpio, tiene que haber unos minutos de agonía antes del final, para que el objetivo se dé cuenta de qué ha pasado y de hacia donde va irremediablemente.

Giré la vista hacia Mario, en el suelo tirado con los brazos abiertos, muerto hacia nosotros con su agujero en la frente y su lengua de fuera. Me guardé el arma y atendí a Leonor. Me llevé una mano a taparme la boca, las voces se habían silenciado como siempre que les regalaba una muerte, fuera la que fuera. Un momento después elegí correr. Aporreaba una puerta de madera vieja en medio de un rellano inmundo.

Él entreabrió, por la rendija, asomó una mirada de conejo entre los faros de un coche y en cuanto me vio fue a cerrar de golpe. Lo evité con un empujón y noté el impacto de madera contra hueso. Chasqueé la lengua, le había dado con la puerta en toda la cara y se arrastraba de espaldas por el suelo mientras yo entraba a su piso. Me puse un dedo en los labios pidiendo silencio y se tragó el dolor.

Yo estaba paseando por la habitación con las manos a la espalda, con pasos lentos y disimulando mi impaciencia y que mis tripas preguntaban por el baño. El piso era ruín y oscuro, los pocos muebles viejos, retales de basurero que no encajaban, por el marco de la puerta de al lado asomaba una pila de platos sucia y repleta. Ocurrió en la playa, en una tarde de sol irreal que se escondía pintando todo de rojo. Caminaba sintiendo la arena en los pies, con mis zapatillas en una mano y Leonor en otra.

Entonces le vi sentado a unos metros mirando al mar, con barba abundante y cabello largo rizado que se movía a perchones con la brisa. Era él debajo de aquellos pelos desastrados y lo supe. Me quedé parado un segundo preguntando a mis ojos si mentían. Leonor también me preguntó a mí qué pasaba, que parecía haber visto un fantasma.

No hice nada excepto asegurarme de que era él y luego seguir mi camino. No remedié por favor que se considere esa palabra entre comillas la situación, ni dije nada a nadie en el trabajo. Un par de días después bajé de nuevo solo a la playa al caer la tarde y allí estaba también. Le seguí sin que me viera hasta descubrir su ratonera. Una vez allí simplemente tomé nota de la dirección en mi pequeño libro negro. A mí me gusta. No dijo nada, sólo se encogió de hombros y dejó de mover nerviosamente una pierna arriba y abajo cuando se la señalé con el dedo.

Creo que vio un resquicio de esperanza en mis palabras, al menos eso es lo que yo quería a pesar de que mis voces despertaban al olor de la sangre. Es importante tener cosas así. Fue tan flojita su respuesta que me vi tentado de preguntarle de nuevo qué había dicho aunque lo había oído, pero estaba demasiado impaciente y todo el entrenamiento del mundo empezaba a no ser bastante, las voces bullían en su olla, se agitaban y farfullaban pidiendo festín, temí matarle antes de conseguir lo que quería, así que aceleré.

Me abalancé enseñando los dientes y lo levanté como a un trapo para estamparlo en la mesa del salón. Vi de cerca la brecha que le había abierto y la cicatriz circular en su entrecejo, oí el estruendo de arrojarlo contra el mueble y al poco olí su terror que se deslizaba apestando pantalón abajo. Me tuve que tapar la nariz con la misma mano con la que luego le pegué varios puñetazos por su falta de dignidad, las voces jaleando y animando como hinchas en la grada.

Y no me mientas porque te arrancaré los ojos. Cuando noté que empezaba a llegar hondo solté y se amansó. Contó una historia que sonaba a burla, así que volví a tirarlo al suelo y esta vez apreté en las dos cuencas para soltar sólo cuando vi que lloraba un poco de sangre por la izquierda.

Me escribió unas indicaciones, me habló de un tipo que tenía lo que buscaba. Me juró cien veces de rodillas que era verdad. Me costó un mundo dejarlo respirando, tuve que agarrarme la cabeza y gritar silencio varias veces a las voces.

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