Poco riguroso putita rusa

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Eso sí, jugaba muchas noches al póker y perdía. Casi todas las noches. Pero los jueces honorables, abogados, empresarios, lo esperaban con cierta ansia mezclada a una desazón creciente porque, inevitablemente, perdía. No invocaba siquiera en estos casos él a su madre, perdía a lo que sea, dados, cartas, billar, ruleta clandestina.

Después jueces honorables, abogados y empresarios le ofrecían favores gratuitos a un tipo de tan mal augurio en el juego, a alguien que les dejó ganar noches enteras. Los jueces borraban o desaparecían las causas contra el intendente; los abogados asumían su defensa sin otro requerimiento y aplastaban a los adversarios municipales; los hombres de empresa le derivaban negocios para realizar sociedades anónimas y la mansedumbre y docilidad bañaba las aguas del poder de alguna manera compartido entre el pequeño grupo del juego.

El mundo de los buscavidas vueltos poderosos incapaz de hacerse realidad en la cabeza de las viejas familias tradicionales, de las gigantescas corporaciones trasnacionales, a menos que se los aceptara como socios. Cabía entonces la esperanza de la estatua a Evita. A veces el Presidente lloraba: Tenía miedo de fallar el pie en el agujero de la media desde entonces, desde aquella vez innominable. Con dos días de gestión de concejal, el "Burra" propuso el capitalismo en estado puro, sin trabas, sin límite alguno a la lógica de ganancia, un arquero del equipo del sistema desnudo.

El "Burra" se metía a propósito entre los gases lacrimógenos "de la cana, esos hijos de puta sin madre", repetía entre los gaseados, que no responden a ninguna madre, "ni siquiera a la muertita del intendente" hacia chistes con los suyos y con los intoxicados. Se compró una cuatro por cuatro al contado. Un populismo cultural de mercado reventado. Compró otra cuatro por cuatro a la "Burro" de su mujer que, con todo, estaba lindita. Señalaba con su ojo maestro sobre la cancha a los mejores delanteros populares, los que fatalmente patearían golazos al arco del palacio municipal, y los anticipaba saltando sobre ellos con un subcontrato de subtrabajo cuya subextensión dependía de que los subsusodichos dejen de patear al arco del gobierno.

Delanteros del equipo contrario a los que el "Burra" transformaba en hinchada propia. Los atajaba a todos.

La organización de la vida social y el saqueo se producían en sociedad entre dirigentes de esta hinchada y empresas con analistas financieros con conocimientos IFRS. Se compró una casa. Perón y Evita no se habían equivocado, se automitologizaban exhaustos estos hombres.

Enzarzaba matorrales en la cancha enemiga. El país se quedaba sin enemigos. Se compró un rolex. Pero al "Burra", que era el contrapoder de los territorios desolados por una guerra, como ocupados por invasores buscas y managers audit services, el Santo de la Escoba ya no le servía y escondía las manos. A veces no dormía. Los huesos largos de las manos le parecían seguir creciendo como durante los años infantiles y cartilaginosos, y cuya osificación progresiva producía el crecimiento del hueso longitudinal de su yo.

La epigénesis del "Burra", sus rasgos de ser busca y humano, se modelaban en el curso del desarrollo político, sin estar preformados en el germen que su vieja había amamantado con seiscientos pechos. Tanto escondía las manos, que la mal llamada "Burro" de su mujer le reclamaba a los gritos la tocase por lo menos con la nariz. La oían los vecinos, lo que es peor. Al ganar la lotería de la realidad posible, el "Burra" fue convertido en intendente flamante bajo el ardor desquiciado de sus bases supervisoras de ninguna venta, ni siquiera como agentes de seguro de vida y generales.

El "Burra" le puso una tarjeta en el bolsillo e hizo que le diera "Cacho", el nuevo tesorero, otros pesos sin factura, o alguien se los puso en el bolsillo que se parecía mucho a "Cacho" para que el escultor se pagara un buen almuerzo en el Club Social, donde cerraban las puertas para que no volaran las moscas en la luz, habida cuenta que "no eran tiempos propicios para estatuas" alegró con una risotada el nuevo intendente al chico, señalando el cuadrito de los esposos Perón, porque había que actuar, atajar como empresario cien centros a la olla cada día y resolver "las carencias de la familia argentina".

No encontraba los socios. Tenía fiebre por sus manos. Se compró dos estancias. Calculaba en compadres accionistas mientras miraba al escultor como a un pelotudo ilustre y tuvo una idea brillante. No tuvo ninguna idea. Compró acciones de un Banco. El escultor le habló un rato del magíster que estaba siguiendo porque llegaba la hora de la minería en estos andes inexplorados y desiertos para tal vez impresionar al mandatario lo dijo.

Luego, de pura casualidad, el escultor comentó sobre un tema que interesó a quien lo oía, los santos sin inspección técnica. La prensa no le servía para nada porque no quedaba un solo periodista local al que el "Burra" no extendiera un subcontrato de "trabajo". Ese quinto poder de la prensa eran sus fotógrafos, sus locutores y sus cronistas particulares, se sabía. El sexto poder, el corazón del subrayado, un espacio de gran vastedad narrativa, sin pulcritud, de clara contextualización en lo onírico, es decir durante el momento en que el "pobrerío" descansaba: Pero no fue su descubrimiento, ya se le habían adelantado muchos.

Una iconología poblada de santidades para encarar la soledad, la desprotección, las alteraciones psicológicas enrevesadas en el desparramo social del silencio gritado a las orejas. Ministros, concejales, jueces, gerentes, periodistas y santos. Se le habían adelantado no obstante. La Iglesia felicitó al "Burra" con una bendición. Quedaba claro para estos empleados aplaudiendo a rabiar en el acto junto al "Burra" y San Roque escenificado con perro y herida de lepra pintada en la rodilla descubierta por el pantalón roto, que en los próximos cuatro años cobrarían, lo que no siempre ocurría, y que no habría dinero para otra cosa -por crisis o piratería daba igual-, de manera que sin hacer nada como no sea marcar la tarjeta de entrada y salida del "trabajo", llegaba una edad de oro.

Las mujeres de los bombistas lloraban el fragor en sus oídos, lloraban viendo a San Roque curado por fin de sus milenarias heridas y su perrito al lado. Todos serían felices junto al "Burra" con sus poderes. Demacradas por la inseguridad en todo lo referente a la vida para unas horas después, las poblaciones y San Roque ni alcanzaban a preguntarse: El perro menos se preguntaba.

La esquizofrenia masticaba a los profesantes con enormidad. Por eso el gobernador "garrafero" del ex sindicato del petróleo pronunció éste es mi arquero, lo dijo con el secreto temor de que volase todo por los aires, y lo habló oliendo desde la boca a nafta super, "Fangio XXI" de Repsol, porque era increíble pero olía por los labios a manguera de surtidor, como si se la hubiese tragado.

Su reelección a intendente el "Burra" la perdió groseramente y esa fue su suerte. De las almas retrocedidas. De las almas malgastadas. De las almas con las almas desaparecidas. El Senado era el spa de los ex gobernadores y ex presidentes. Ahí caían todos ellos a guarecerse del fuego.

Necesitaba socios como la gente. Comunas y municipios pasaron a feudatarios del arquero ministro que atajaba instituciones hasta convertirlas a su equipo, negociando como con los combustibles pero en grande. La "Burra" y el nuevo gobernador "ruso" se disputaban poderes mientras el primero, primer ministro a la sazón, iba a hacerle compañía a la madre viva del ex intendente que lloraba por la felicidad de su hijo todo el día. El joven de la estatua consiguió un plan social y se olvidó de la estatua tres meses, cuando se lo arrebataron porque no "trabajó" consiguiendo votantes en las elecciones, tal como enrabietaron los funcionarios punteros del barrio: Pero a la noche terminaba amando a la resaca porque "era suya", repetía riendo solo, porque cualquiera sabe que un empresario no tiene amigos, tiene clientes y todos ellos lo llamaban por el nombre de pila, "Juan" o algo así para no pronunciar el apellido que abjuraba de la identidad popular, que es la de los santos, las vírgenes y también las santas.

El gobernador tenía clientes y dientes. Los punteros políticos que miraban el papelito del escultor, repetían perturbados: El gobernador empresario, para el cual la provincia ya era su empresa a medida, no veía con buenos ojos al arquero.

Lo necesitaba y lo miraba mal. Lo re miraba mal. Fue cuando el "Burra" encontró la alianza que buscaba. Era con los santos, precisamente. Se trataba de un principio providencial de autodefensa.

Un "arreglo" con los actos divinos, cincuenta y cincuenta. Una disposición a la maquinaria de los milagros. Sin mortificación, sin turbación mística. Una religión a medida. El comienzo de otra fe siempre igual. A los "trillizos de oro" les caían juicios por corrupción y golpizas a opositores, pero no tenían miedo, el "Burra" se los limpiaba. Ellos habían sido feriantes y sabían cómo comprar las verduras y las frutas en el mercado al mejor precio, que es cuando se empiezan a pudrir resultado de una maduración acelerada.

Tenían miedo de Dios, no obstante, eran creyentes y, a la entrada de la ciudad que dirigían, alrededor de una rotonda desolada, hicieron construir una hilera de nichos para los santos que los protegerían llegado el caso de la ira de Dios.

El empresario estaba jugando al gobierno de la provincia sin que el arquero del "Burra" le pasara una sola pelota, éste sin embargo detenía cualquier avance del equipo contrario como si fuera defensor, mediocampista y delantero. Si el médico del oído te dice que te bajes los pantalones no le hagas caso: El celebérrimo actor porno ha denunciado por abuso sexual a un médico de Colombia que le pidió que se bajara los pantalones para auscultarle el oído.

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Y fue el célebre contador de chistes de gangosos el que desató la crisis, por culpa de su indiscrección:

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